Las elecciones generales en Perú dejaron un dato contundente: la abstención y los votos blancos y nulos se convirtieron en los grandes protagonistas. De los 27,3 millones de electores habilitados, más de seis millones no acudieron a las urnas.

El resultado evidencia un profundo desencanto con la política. Ningún candidato superó el 20% de los votos válidos en primera vuelta. Keiko Fujimori lideró con apenas 17%, seguida por Roberto Sánchez y Rafael López Aliaga, quienes rondaron el 12%. La fragmentación fue extrema: decenas de postulantes no alcanzaron siquiera un apoyo significativo.

El malestar ciudadano tiene raíces profundas. Estudios del Instituto de Estudios Peruanos muestran una caída sostenida en la confianza institucional, el apoyo a la democracia y la percepción de que el sistema protege derechos básicos. La insatisfacción con el funcionamiento democrático es una de las más bajas de la región.

En este contexto, el voto se define más por rechazo que por adhesión. Fenómenos como el antifujimorismo y el antiizquierdismo reflejan una polarización negativa que dificulta la construcción de consensos. Con un escenario abierto hacia la segunda vuelta, el desafío no solo será elegir un presidente, sino recuperar la confianza en la política.

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