A más de una década del desastre nuclear, Japón vuelve a apostar por la energía atómica como parte de su estrategia energética.

Japón ha dado un paso clave en su política energética al reactivar la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, considerada la más grande del mundo, quince años después del accidente de Fukushima.

La puesta en marcha del reactor se concretó luego de superar estrictos controles de seguridad y evaluaciones técnicas exigidas por las autoridades reguladoras del país.

Esta decisión responde a la necesidad de garantizar el suministro energético y reducir la dependencia de combustibles fósiles, en un contexto de transición hacia fuentes más sostenibles.

Sin embargo, la reactivación no ha estado exenta de críticas, ya que sectores de la población mantienen su preocupación por los riesgos en un país altamente expuesto a terremotos.

El accidente de Fukushima marcó un antes y un después en la política nuclear japonesa, obligando al cierre de plantas y a la implementación de estándares de seguridad que hoy siguen condicionando cada decisión.

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