Las Fuerzas Armadas tomaron la capital, destituyeron al presidente y paralizaron las elecciones, generando un fuerte rechazo regional e internacional.

Un grupo de militares ejecutó un golpe de Estado en Guinea-Bisáu, anunció la toma completa del poder y suspendió el proceso electoral que se encontraba en marcha. Minutos antes de que se difundieran los resultados preliminares, las fuerzas sublevadas declararon disuelto el gobierno civil.

Los militares detuvieron al presidente y comunicaron el cierre temporal de fronteras y del espacio aéreo. Asimismo, establecieron un toque de queda y bloquearon las transmisiones de medios para consolidar el control político y territorial.

Al día siguiente, los golpistas designaron al general Horta N’ta como líder del gobierno de transición y garantizaron que administrarán el país durante un año. Afirmaron que actuaron para combatir la corrupción y evitar una supuesta manipulación electoral.

La comunidad internacional reaccionó de inmediato: la Unión Africana suspendió al país de todas sus actividades y exigió restablecer el orden constitucional. Organismos multilaterales también reclamaron la liberación de funcionarios detenidos y la reanudación del proceso democrático.

En las calles de la capital, la población vive un clima de incertidumbre y temor ante la posibilidad de restricciones prolongadas y nuevas confrontaciones. Analistas señalan que el golpe profundiza un patrón histórico de inestabilidad política en la región.

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